Y LOS DIOSES VOLVIERON AL CIELO
Título original en valenciano:
ELS DEUS VAN TORNAR AL CEL
Lo que sigue es una traducción hecha por mí, y que no podeís considerar técnica, pero creo que está acertada. Gracias.
Después de una larga temporada aquí, los antepasados decidieron volver a su casa, más allá del incendio rojo del poniente, siempre hacia el oeste. Quedó el recuerdo y muchas huellas. Después, casi nada. Continuaban escuchándose cantos aborígenes que me susurraban, pero eran sólo objeto de curiosidad y estudio. Hubo antropólogos que pretendieron rescatar su memoria transcribiendo los cuentos que hablaban del Dios Marsupial que había bebido agua envenenada en los pozos excavados por la mujer del lagarto y que, después, durmiendo entre las hierbas de spinifex, se había convertido en piedras suaves al tacto, tres piedras, nadie sabe por qué. Alguien las encontró cerca del Peñón de Ayers, les dió nombre y decidió que eran vitales para los hombre. Perderlas era como perder el alma. Leímos en la adolescencia cosas como ésta, sobre los aborígenes australianos y nos parecían maravillosas con su simplicidad, aunque solo eran aptas para disfrutarlas ciertos días: esta era su aspereza. Después supimos alguna cosa más concreta sobre los pueblos que la crearon. Vimos fotografías, películas, documentales. Eran gente desnuda y oscura, cazadores y recolectores casí paleolíticos, expulsados de sus tierras por los blancos, oprimidos, reducidos a al gueto del desierto. Hombres, mujeres y niños tan ocupados por sobrevivir que apenas tenían arte, y eso que no les faltaba el sentido del orden, el ritmo y la proporción que están en el origen de toda creación humana. Ahora, Manolo Gallardo recupera este mundo, pero no el terrenal, el de los hombres barbudos y de nariz chata, sino el celeste, el de unos dioses barbilampiños de nariz aguilenca que flotan en un paisaje ardiente. Y con todo, no obstante, en su obra se aprecia mucho más que un deslumbramiento frente a la revelación de una cultura tan pura como la de aquellos que velan el sueño a las hormigas verdes, que tanto han fascinado a otros artistas. En la obra «australiana» de Gallardo cada cuadro, escultura e intervención sobre el espacio, se levanta sobre el pedestal de una herencia megalítica, cretense, maya y expresionista. Hay una película inquietante de Robert Altman "Tres mujeres" (1977), una de sus protagonistas, la más misteriosa, pinta incansablemente fondos de piscinas. Los llena con un universo de figuras enigmáticas muy estilizadas, llanas, violentas, agresivas y terribles, que expresan los conflictos interiores de la autora de forma metafórica. El estilo y la iconografía de estas pinturas recuerda las culturas precolombinas y también la clase de figuras humanas que expone Gallardo frente nuestros ojos en esta ocasión, y eso que las de Gallardo están exentas de virulencia y parecen pertenecer a un mundo más placido, se diría que sin tensiones, aunque muy complejo. Un mundo sumido en una beatitud, si mas no aparente: la naturaleza no esta en peligro. La naturaleza parece disfrutar de buena salud y tiene un color alegre, la tierra está roja y quemada, pero en élla abunda el agua intensamente azul. Los dioses humanos o los hombres divinos de Gallardo buscan agua como desesperados, se pintan el cuerpo con arcilla, salen o entran en círculos primordiales, consultan espirales, flotan entre lunas o se quieren sin violencia, pensativos, sin ojos. Perfiles puros mayas, presiden el mundo sin cambiarlo, seguramente no por indiferencia, porque si se rodean del esplendor visual que nosotros advertimos en su medio como espectadores, es porque quieren que el cosmos siga el orden y la luz. Pero los dioses también tienen miedo, se terminarán y lo saben, se convertirán en objetos de ciencia y recreación. Tratan de conjurar este destino erigiendo bellísimos monumentos totémicos que se reflejan en el Sol como en el agua pero con un reflejo más efímero que la luz, el reflejo de las arenas de colores, que el viento destruirá rapidamente. Y a otro se le ocurre burlar la destrucción escondiéndose en una espiral que no conduce a ninguna parte sinó al propio centro del camino, marcado con ídolos y totems diminutos de todas las tribus, de todas las posibilidades imaginadas por los suyos. Todo esto no es aborigen de Australia sinó de los avances, del Arte Déco y de la Ilustración de los libros del siglo XIX. Del Arte Déco ve esa furia de colores reducida a límites estrictos mediante el uso de la línea recta y la curva, combinadas con un sentido del ritmo y una libertad propia de quien no está atado a otra exigencia más que a su libertad soberana. Los cuadros de Manolo Gallardo son fragmentarios porque él así lo ha decidido, como los de Gustav Klimt, y son textiles por la misma razón. No hay en esto ni una brizna de primitividad o de ingenuidad. Los dioses los expulsaron hace tiempo: quedan los artistas con los restos de las divinidades entre las manos, liberados para tratar de reciclar para nosotros aquello que les sea posible y aquellos que les parezca. Del magma postmoderno nace ahora una nueva tendencia a reciclar los mitos sin triturarlos, una práctica que siempre estaba presente en el arte occidental. Este trabajo de Gallardo, recreando huellas suntuosas de una cultura desde un sueño, con sus monumentos iniciáticos, sus relatos, sus fetiches y sus sueños, más allá de lo puramente decorativo, es una muestra estupenda. Y se ha llevado a cabo con tanta honradez y precisión que uno piensa que puede ser no le falte, además, alguna cualidad mágica. Todo arte que se precie ha de aspirar a introducir en el mundo un puente que nos ayude a cruzar el abismo. PILAR PEDRAZA València, abril de 1998 PILAR PEDRAZA Nacida en Toledo en 1951, es Doctora en Historia y profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valencia desde 1982. Especialista en diversos aspectos culturales del Renacimiento y del Barroco, se interesa también por la historia de la misoginia y por el cine. Ha sido Consellera de Cultura de la Generalitat Valenciana, y miembro del Consell de Administración de la Radiotelevisión Valenciana. Escritora de culto, creadora de atmósferas inquietantes, seguida de un grupo de admiradores incondicionales, cada vez más numeroso, Pilar Pedraza ha consolidado una obra singular y extraordinaria, al margen de las corrientes y de las modas que han imperado en nuestras letras. Hasta el momento ha publicado las siguientes novelas:Necrópolis (1985), Lafase del rubí (1987), Las joyas de la serpiente (1988), La pequeña pasión (1990), La Bella, enigma y pesadilla (Esfinge, Medusa, Pantera) (1991), Las novias inmóviles (1993), Paisaje con reptiles (1996) i Piel de Sátiro (1997). Ha escrito guiones para la televisión y ha colaborado en diversas revistas de arte y pensamiento.

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